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Sus dotes naturales para el dibujo son el punto
de partida con que contó para desarrollar todo su arte.
Ella persigue en sus obras la pureza de la línea
y el volumen. Su pincelada es suelta, impresionista. Desde un
principio hasta hoy sus pinturas pueden incluirse en esta tendencia
llamada Mediterránea, que inauguraba entre nosotros el pintor
Joaquín Sunyer. En su obra, tanto en pintura como en escultura, hay
una auténtica recreación que, partiendo de la realidad, lleva su
aliento personal y su sentimiento plástico y estético.
Luisa Sallent no crea con fórmulas sino con
intuiciones. Halla de modo intuitivo su propio orden y su propia
medida. Prescinde de lo superfluo para que nada pueda alterar la
sobriedad de la figura. También se podría decir que todos sus
modelos tienen en común cierta belleza natural que ella sabe
extraer. Sus desnudos son castos, sin erotismo, son de una
sensualidad sin pecado. Esta limpieza es propia de la verdadera
pintura.
Su escultura es rotunda en sus volúmenes
anatómicos, y al mismo tiempo, tienen esta serena elegancia de las
diosas griegas que, desde los museos, exhiben su belleza desvestida.
Cuando alguien le dice que, como escultora, su arte pudiera ser
acusado de monótono, ella responde que cada una de sus obras la
percibe como una entidad cuya semejanza entre una y otra escultura
es la que se establece entre uno y otro ser.
Es una artista que ha sabido siempre ser leal
consigo misma. Ha reflejado en sus lienzos y, también en sus
impresionantes esculturas, una sinceridad que no ha admitido nunca
ceder a los cambiantes vientos de los diferentes estilos que han
imperado durante estos tiempos. Al final, la victoria es para el
arte sincero, para el arte intemporal.
Lluïsa Borrás |